
A mediados de la década de 2010, cuando aún eran becarios posdoctorales en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, Mathilde Poyet y Mathieu Groussin se topaban una y otra vez con diferentes facetas del mismo obstáculo. Poyet, ecóloga y microbióloga, intentaba estudiar especies bacterianas raras, de esas que nunca antes se habían cultivado en un laboratorio. Groussin, biólogo computacional del mismo laboratorio, quería entender cómo los humanos y los microbios habíamos evolucionado juntos a lo largo de milenios. Ambos se enfocaban en los microbios que habitan dentro y sobre el cuerpo humano, lo que los científicos denominan colectivamente “microbioma humano”. Pero las muestras con las que podían trabajar eran solo las de una pequeña porción de la humanidad: concretamente, de poblaciones ricas, occidentales y blancas.
“Alrededor del 90 por ciento de toda la diversidad humana ha quedado completamente fuera de la imagen”, me dijo Groussin hace poco. Era como si alguien hubiera apuntado con una linterna potente a un pequeño segmento de un lienzo gigante y hubiera dejado el resto envuelto en la oscuridad. La zona iluminada estaba bien definida (imaginemos el rostro de un hombre). Pero no podían saber realmente qué estaban viendo (si ese hombre era un monje, por ejemplo, o un torero) sin ver el resto del lienzo.
Los científicos se refieren a este vasto terreno inexplorado como la “materia oscura” de la biología. En nuestros cuerpos hay más bacterias —en la piel, dentro de la nariz, en los intestinos, en la boca y alrededor de los genitales— que estrellas en la Vía Láctea. Estos microbios han evolucionado no solo junto a nosotros, sino también dentro de nosotros, y los científicos que los estudian de cerca afirman que a duras penas hay un proceso o sistema biológico en el que no desempeñen un papel. Ayudaron a crear nuestros sistemas digestivos e inmunitarios. Influyen en el tamaño y la forma de nuestros cuerpos. Al menos algunas investigaciones sugieren que también afectan nuestros cerebros, estados de ánimo, personalidades y comportamientos. Y, sin embargo, la mayoría de ellos aún no han sido identificados, y mucho menos estudiados.
Era tentador pensar en lo que podría revelar una visión más completa. En los últimos años, los científicos habían relacionado el microbioma intestinal con una larga lista de enfermedades, entre ellas la enfermedad de Crohn y el síndrome del intestino irritable, el párkinson, la demencia y el autismo, y tenían la esperanza de que una mejor comprensión de esos vínculos condujera a tratamientos, cuando no a curas. También han estado analizando la variedad casi inabarcable de moléculas que producen los microbios en busca de tesoros biológicos: no solo posibles medicamentos, sino también compuestos capaces de descomponer contaminantes o reparar ecosistemas dañados.
Pero las incógnitas seguían superando con creces a las certezas: nadie podía afirmar con seguridad qué se consideraba un microbioma sano ni tampoco si uno poco saludable podría modificarse de manera intencional. Tampoco estaba claro si los cambios en el microbioma individual de una persona eran la causa de una enfermedad o una consecuencia de ella.
Poyet y Groussin sospechaban que las respuestas a esas preguntas no se escondían en el 10 por ciento del lienzo que los científicos estaban analizando, sino en el 90 por ciento restante. Mantuvieron largas y divagantes conversaciones —en el laboratorio y en casa, durante comidas apresuradas y largos paseos ocasionales— sobre cómo descubrir ese panorama más amplio. Hasta entonces habían estado recopilando datos y muestras de forma fragmentada de colegas y colaboradores. Lo que necesitaban en cambio era un enfoque integral: recolectar la mayor cantidad posible de muestras de microbioma de la mayor cantidad posible de comunidades distintas en la mayor cantidad posible de partes del mundo, y luego entrevistar a las personas que habían aportado esas muestras sobre cualquier factor que pudiera estar afectando sus ecosistemas microbianos internos, incluidas su dieta y su forma de vida.
Era una idea descabellada. Eran científicos de laboratorio con casi ninguna experiencia de campo entre los dos. Además, no eran más que unos humildes posdoctorandos, lo que significaba que el siguiente capítulo de sus carreras ya estaba perfectamente trazado. Se suponía que pronto tendrían que poner en marcha sus propios laboratorios y publicar tantos artículos científicos como fuera posible para conseguir la financiación que los mantuvieran a flote. Un proyecto como este —una iniciativa mundial de muestreo microbiano— implicaría postergar todo eso, posiblemente por años. Y si fracasaba, sus carreras académicas podrían acabar incluso antes de haber empezado.

Pero una vez que se les ocurrió la idea, les resultó imposible abandonarla. Trazaron un plan básico, consiguieron algo de financiación y, en poco tiempo, se aventuraron lejos de la comodidad de sus mesas de laboratorio en el MIT. Fueron a Nepal e Irak, Tailandia y Malasia, Ruanda y Tanzania. Caminaron durante días para llegar a algunas comunidades y visitaron otras a las que solo se podía acceder en barco o helicóptero. En medio de esas expediciones, se casaron, formaron una familia y se incorporaron al cuerpo docente de la Universidad de Kiel, en Alemania. En 2024, su laboratorio albergaba uno de los repositorios de bacterias vivas más grandes y diversos del mundo. Lo llamaron Global Microbiome Conservancy (Conservación Global del Microbioma).
“Es parecido a lo que se consigue con un banco de semillas, que es, al menos en teoría, la capacidad de reconstituir el organismo, incluso después de que se haya extinguido”, explica William Hanage, epidemiólogo de la Escuela de Salud Pública T. H. Chan de Harvard. “Pero, en cierto modo, es aún más emocionante, porque cuando conservas un microbioma completo, tal y como lo hacen ellos, básicamente estás rescatando todo un ecosistema microscópico”. El rescate microbiano puede sonar raro. “Salvemos la E. coli” no suena igual que “salvemos a las ballenas”. Pero los microbios se enfrentan a tantos peligros como cualquier mamífero carismático. Y los microbiomas podrían tener tanto potencial sin explotar como cualquier selva tropical o zona salvaje del Ártico.
Los científicos no son los únicos entusiasmados con ese potencial. En la década transcurrida desde que Poyet y Groussin iniciaron su búsqueda global, la idea de que podríamos curar casi cualquier dolencia ajustando nuestros microbiomas ha contribuido a generar un mercado multimillonario (pruebas diagnósticas, suplementos probióticos, péptidos) y todo un subgénero en las redes sociales (#guttok, por la palabra en inglés para intestino y una parte del nombre de TikTok). “Hace uno o dos siglos”, me dijo Hanage, “cada vez que pasaba algo en el cuerpo que no podíamos explicar, se lo atribuíamos a Dios. Ahora le echamos la culpa al microbioma”.
Pero, tal y como están descubriendo los científicos, el microbioma no es una entidad fija. De hecho, varía tanto entre diferentes personas y lugares que ni siquiera conceptos básicos como “sano” o “enfermo” son universales. “Construimos un modelo estadístico capaz de predecir con precisión si una persona de Estados Unidos, Canadá o Europa Occidental está sana o enferma basándonos en la composición de su microbioma intestinal”, me contó Groussin. “Pero cuando aplicamos ese mismo modelo a personas que viven en cualquier otra parte del mundo, este falla por completo”. Esa variación no es una mera curiosidad, dicen él y Poyet. Es la clave para entender cómo influimos en nuestros microbiomas, cómo nos influyen ellos a nosotros y qué significa esa relación para la salud humana.
Cuando conocí a Groussin a finales de octubre de 2024, acababa de volar más de 20 horas desde Kiel, Alemania, hasta Asunción, Paraguay, para lo que sería la segunda expedición sudamericana de la organización conservacionista. Poyet, que estaba embarazada de seis meses de su segundo hijo, se había quedado en casa. “Por favor”, me suplicó. “Mathilde es la verdadera heroína de esta historia. Ella dirigió la mayor parte del trabajo de este viaje, incluidos todos los preparativos. Solo estoy aquí en lugar de ella porque ella está en casa, gestando a nuestro bebé”.
Groussin y su equipo tenían previsto viajar unas diez horas más hasta la reserva indígena de Cerro Itá Guazú, cerca de la frontera entre Brasil y Paraguay, donde recogerían muestras de sangre, saliva, heces y secreciones vaginales de todas las personas que se prestaran voluntarias. Pero casi todo el equipo que necesitaban para ese trabajo —los productos químicos y los recipientes, el tanque de almacenamiento altamente especializado, los cerca de mil tubos de ensayo que ya habían etiquetado— se había quedado atascado en la aduana, debido a un problema burocrático. No estaba claro cuándo ni si ese problema se resolvería, pero con un año de planificación y una inversión nada desdeñable de tiempo y dinero en juego, sus colaboradores paraguayos estaban nerviosos. “Puede que estemos en un buen lío”, dijo Walter J. Sandoval Espínola, microbiólogo de la Universidad Nacional de Asunción, mientras los dos científicos y una decena de sus jóvenes compañeros se reunían frente a la pizarra blanca que ocupaba toda una pared del laboratorio de Sandoval Espínola.
Groussin no parecía preocupado. “Ya se nos ocurrirá algo”, dijo encogiéndose de hombros. “Sin duda hemos pasado por cosas peores”. Pocas horas después, ya habían comprado, pedido prestado o improvisado casi todo lo que iban a necesitar, incluyendo un tanque portátil de nitrógeno líquido, varios cientos de tubos de ensayo que ahora tendrían que volver a etiquetar y decenas de cuencos de plástico con tapa en los que los participantes del estudio pudieran hacer sus necesidades. Los cuencos eran de los que se compran en cualquier tienda y eran transparentes, así que habría que forrarlos con papel o papel de aluminio.
“A la gente le suele dar vergüenza lo de sus heces”, explicó Groussin. “Si los recipientes son transparentes, será menos probable que vuelvan con muestras”. Tenía otras preocupaciones similares, que enumeró ante el grupo, mientras atardecía y el cielo se teñía de púrpura a través de la ventana a sus espaldas. Tendrían que asegurarse de que el consentimiento de una mujer fuera suficiente para tomar muestras vaginales (en algunos lugares los hombres habían llegado a protestar). También tendrían que conseguir el permiso de los líderes tribales para deshacerse de las heces sobrantes. “No sería higiénico dejarlas ahí”, dijo. “Pero llevárselas también puede ser complicado, porque en algunos pueblos en los que hemos estado, a los ancianos les preocupaba que practicáramos brujería”.

Mauricio Molinas-Vera, un doctorando del laboratorio de Sandoval Espínola que haría de traductor del equipo, tenía otras preocupaciones, sobre todo cómo decir microbioma en la lengua nativa de la tribu. “¿Cómo se lo explicas a los niños pequeños?”, le preguntó a Groussin. “Solo necesito la explicación más básica para poder transmitirlo en guaraní”.
La cuestión de qué es un microbioma y cuál es la mejor forma de describirlo se ha complicado en los últimos años debido a lo que los científicos están descubriendo en el campo y en sus laboratorios. Entre otras cosas, la organización conservacionista ha descubierto que los microbios se comunican entre sí de formas que afectan directamente a su capacidad de sobrevivir. Los científicos saben desde hace tiempo que las bacterias son promiscuas con su ADN, ya que lo transmiten no solo a su descendencia, sino también a vecinos aleatorios, del mismo modo que los humanos intercambian chismes. (El término científico para esto es “transferencia génica horizontal”). Pero, como informaron Poyet y Groussin en un artículo de 2021 publicado en la revista científica Cell, estos intercambios son más frecuentes de lo que se pensaba. Las bacterias intestinales pueden adquirir hasta 100 genes nuevos por año en promedio.
Además, parece que estos intercambios tienen fines específicos. En comunidades donde se consume mucha fibra, intercambian más genes relacionados con la descomposición de la fibra. En lugares donde el uso de antibióticos es especialmente elevado —por ejemplo, donde los ganaderos tratan al ganado con antibióticos—, intercambian más genes de resistencia a los antibióticos. Y en las ciudades, donde la gente vive más cerca unos de otros, intercambian más genes que les ayudan a propagarse entre las personas. (El impacto de estos intercambios en sus huéspedes humanos depende totalmente de los microbios en cuestión. La contagiosidad y la resistencia a los antibióticos son negativas cuando ayudan a que prosperen las bacterias equivocadas. Pero cuando estos mismos rasgos se transmiten a cualquiera de los innumerables microbios que promueven y protegen la salud humana, suponen una ventaja neta.)
Este diálogo microbiano también varía según el entorno humano en el que se desarrolla. En las comunidades no industrializadas —esas que carecen de agua corriente en casa, tienen pocos antibióticos y cuentan con pocos alimentos procesados—, los microbiomas humanos suelen ser robustos y diversos, y su actividad es relativamente tranquila. En las comunidades industrializadas, parecen más frenéticos. Los microbios no solo intercambian más genes y más rápido; también provocan respuestas más intensas en sus huéspedes humanos, como más señales de estrés y más inflamación.
Si imaginamos el intestino humano como un barrio poblado por una mezcla de células microbianas y humanas, los barrios afectados por la industrialización parecen caracterizarse por una mayor discordia. Los vecinos se pelean más (y más fuerte); la policía responde con mayor fuerza, a veces de forma precipitada; y los propios microbiomas parecen estar en declive. Con cada nueva generación, hay menos bacterias —y, lo que es quizás más importante, menos tipos de bacterias— que residen allí. Esta disminución es tan grande que, en las sociedades occidentales, incluso los microbiomas de las personas sanas pueden parecerse a los de quienes padecen enfermedades crónicas.
No cuesta mucho adivinar las causas de esta disminución. “A los microbios no les gustan los antibióticos, por razones obvias”, me dijo Groussin de camino a Cerro Itá Guazú. “Tampoco les gustan las cesáreas, que les quitan la oportunidad de colonizar nuevo territorio humano. Y odian las dietas ultraprocesadas. Estas tres cosas son más frecuentes en un mundo industrializado”. También es fácil especular sobre los efectos. Los ecosistemas menos diversos suelen ser menos estables y más susceptibles a todo tipo de invasiones. Pero, tal como los científicos están empezando a darse cuenta, casi todo lo relacionado con el microbioma intestinal depende del contexto.
“Las bacterias que parecen beneficiosas en un contexto pueden ser neutras o incluso estar relacionadas con enfermedades en otro”, dijo Groussin. “También vemos microbiomas enteros que parecen enfermos, pero que resultan estar perfectamente adaptados a sus entornos específicos”. Él y Sandoval Espínola enumeraron varios ejemplos de este tipo. Una abundancia de especies de Treponema en el intestino es normal en algunas poblaciones con ingresos más bajos y una señal de enfermedad en muchas de las que tienen ingresos más altos. Lo contrario ocurre con las Bifidobacterium, que se han relacionado con una mejor digestión y menor inflamación en los microbiomas intestinales occidentales, pero en Paraguay se asocian con un índice de masa corporal más elevado. Y aunque los microbiomas intestinales de personas sanas en países desarrollados u occidentales puedan parecer poco saludables, también tienden a albergar mayores proporciones de Akkermansia muciniphila y Faecalibacterium prausnitzii, que tienen propiedades antiinflamatorias.
Los científicos no pueden afirmar con certeza por qué ocurre esto, pero Groussin y sus colegas dicen que el microbioma podría estar adaptándose en tiempo real a su entorno. “Eso ayudaría a explicar muchos de estos hallazgos que parecen tan contradictorios”, me dijo. “Pero, obviamente, tenemos que recoger y estudiar muchos más microbiomas de muchas más comunidades antes de poder afirmarlo con certeza”.
La reserva indígena de Cerro Itá Guazú o Cerro Guasú se encuentra al otro lado de un puente desvencijado, al final de un largo camino de barro, bajo una formación rocosa característica que la tribu considera una especie de deidad. El bosque de los alrededores es un foco de actividad guerrillera, y la organización sin fines de lucro que ayuda a Groussin y a Sandoval Espínola con la labor de acercamiento a la comunidad tenía algunas preocupaciones. Insistieron en que tendríamos que salir de la reserva antes de que anocheciera para no poner a nadie en peligro. No era lo ideal para Groussin, que prefiere pasar el mayor tiempo posible en las comunidades que visita. Pero esta tribu era pequeña, de apenas unas 200 personas. Y, de todos modos, las ambiciones de los científicos eran modestas: necesitaban apenas unas 30 muestras fecales viables en total.
Cuando llegamos, ya había casi 50 personas esperando fuera del centro comunitario: madres y abuelas con faldas de flores, agricultores con gorras polvorientas, niños inquietos con camisetas de Disney y sandalias de plástico. Hacía calor y parecían recelosos. La organización conservacionista no era el primer grupo de científicos que venía a buscar muestras, me contaron algunos de ellos más tarde. La mayoría de esos investigadores habían querido sangre u orina. Algunos también se habían llevado plantas y tierra. Pero pocos se habían molestado en explicar lo que estaban haciendo, y ni uno solo volvió jamás para compartir sus hallazgos.
Se tomaron la promesa de Groussin de hacer esto último con cierto escepticismo. Mientras esperaban, se contaban entre ellos un chiste que ya conocían bien. Un hombre estaba tan emocionado por recibir noticias de un médico que había visitado a la tribu y lo había atendido por un dolor de espalda, que se olvidó de enojarse al enterarse de que sus riñones estaban fallando y de que el médico solo tenía analgésicos para darle. Pero con el centro de salud más cercano a 30 kilómetros de distancia, con la mayoría de los partos aún teniendo lugar en casa y con la mayor parte de la atención médica de la comunidad aún a cargo de una única curandera le darían a este nuevo visitante el beneficio de la duda.
Cuando empezó el trabajo, tres mujeres jóvenes se acercaron a una de las mesas de los científicos y anunciaron, entre risas pero sin el menor atisbo de incomodidad, que habían venido para que les tomaran hisopados vaginales. Parecía una buena señal. En una ocasión, dijo Groussin entre risas, viajó hasta el otro lado del mundo y regresó con apenas 12 muestras porque sus participantes, aunque dispuestos, estaban demasiado nerviosos para defecar. Esta tribu no parecía tener tales reparos.
Mantener vivas las bacterias que habitan en el cuerpo humano una vez que salen de su entorno natural es una tarea delicada. Los científicos deben asegurarse de que las muestras fecales sean entregadas, clasificadas, procesadas y conservadas lo más rápido posible después de que la materia fecal entre en contacto con la atmósfera rica en oxígeno, en parte porque el oxígeno mata los microbios que residen en nuestro intestino. Muchos investigadores del microbioma evitan estos dolores de cabeza dejando que los microbios mueran y conservando únicamente su ADN. Pero las bacterias vivas que recogen Groussin y Poyet les permiten plantearse preguntas que el ADN por sí solo no puede responder. ¿De qué compuestos se alimenta un microbio determinado? ¿Qué moléculas produce? ¿Cómo interactúa con sus vecinos en distintas condiciones?
El cuestionario que debe rellenar cada participante en el estudio consta de más de 100 preguntas: qué medicamentos toma una persona (los antibióticos o antiparasitarios te descartan por su efecto en el intestino); qué alimentos consume con mayor frecuencia, y una larga lista de preguntas de seguimiento que surgen a partir de esas respuestas. La leche en polvo cuenta como producto lácteo, pero el “helado”, si está hecho solo de azúcar y hielo, no. Cuando se toma fría, la yerba mate, un alimento básico entre la población pobre e indígena de Paraguay, probablemente esté llena de bacterias procedentes del agua sin filtrar de la que dependen la mayoría de las comunidades. Si se toma caliente, probablemente no lo esté. “La nutrición es el dato biológico más difícil de registrar”, dice Groussin. “¿Cómo mides la frecuencia, la estacionalidad, la composición química? Es todo un campo de investigación aparte para el que no tenemos capacidad”.
Se sabe que los habitantes de Cerro Itá Guazú viven de los cultivos que plantan y del ganado que crían, además de la miel de las abejas que tienen. Pero mientras esperábamos a que los participantes volvieran con sus muestras fecales, Groussin señaló algunos residuos esparcidos por los patios que nos rodeaban y que complicaban ese panorama. “Hay pistas por todas partes sobre lo que está pasando en el microbioma”, dice. “La gente dice que no bebe, pero luego encuentras botellas vacías de cerveza o licor. O crees que comen sobre todo lo que ellos mismos crían o cultivan, y luego ves envases de yogur, botellas de refresco y bolsas de papas fritas en su basura”. Los envoltorios de helado indican que hay nevera y, por lo tanto, electricidad. Una moto sugiere que tienen fácil acceso a las tiendas de comestibles (y, por lo tanto, a los alimentos procesados). Las duchas y los lavabos (al menos en algunos edificios) indicaban que Cerro Itá Guazú ya estaba pasando de ser una comunidad rural a una industrializada.
Si la investigación de Groussin y Poyet es algún indicio, puede que los microbiomas de la tribu ya se estén empobreciendo. Y si nos fiamos de las previsiones demográficas mundiales, los habitantes de Cerro Itá Guazú no son los únicos. Según las Naciones Unidas, alrededor del 70 por ciento de la población mundial vivirá en zonas urbanas para 2050.
El temor a que los microbiomas rurales e indígenas estén siendo arrasados por la modernidad ha provocado que algunos microbiólogos se apresuren a recopilarlos y preservarlos. Pero Groussin y otros afirman que esa forma de pensar es simplista. El desarrollo humano nunca ha avanzado de manera ordenada a lo largo de un continuo que va de lo primitivo a lo moderno. Los cazadores cultivaban y los agricultores cazaban. Incluso ahora, la urbanización avanza a trompicones. “Si lo analizas bien, no existe tal cosa como un estado puro o primitivo”, dijo Groussin. “A los hadza de Tanzania todavía se les conoce como una tribu tradicional de cazadores-recolectores, pero usan linternas eléctricas para aturdir a sus presas antes de matarlas con flechas rudimentarias. ¿En qué los convierte eso? ¿No deberíamos tomar muestras allí solo porque toman antibióticos para la neumonía?”.
También sería prematuro, y quizá éticamente cuestionable, dar por sentado que la extinción microbiana es un hecho inevitable. “Ese es el mismo razonamiento que usaban los antropólogos en el siglo XIX”, dice Groussin. “Dijeron: ‘Estas tribus se extinguirán, así que tenemos que llevarnos su arte y sus artefactos y conservarlos en nuestros museos’. Era muy al estilo de Indiana Jones, y es algo que queremos evitar a toda costa replicar”.
Antes de que partiéramos de Cerro Itá Guazú, visité a la curandera, una anciana encorvada pero llena de vida, que vivía en una cabaña de madera justo al lado de la escuela de una sola aula de la reserva. Ella describió el bosque como una farmacopea de la que ella y otros han dependido durante generaciones para tratar todo tipo de enfermedades. Pero últimamente, dijo, ese conocimiento parecía estar en peligro. Las hijas ya no estaban tan interesadas en aprender de sus madres. E incluso en el remoto Cerro Itá Guazú, sus remedios a base de plantas ahora entraban en conflicto con la medicina moderna y los problemas aparentemente modernos. Las drogas adictivas se habían colado en la comunidad y, con ellas, la violencia, y esas no eran fuerzas que ella pudiera remediar.
El concepto de declive microbiano no la sorprendió ni la desconcertó. Claro que algo se estaba muriendo dentro de nosotros, dijo. Las personas se estaban alejando de lo sagrado y las unas de las otras. No hacía falta un microscopio para verlo.
De vuelta en su laboratorio de la Universidad de Kiel, tras una década de investigación global por parte de la organización conservacionista, Poyet y su equipo estaban avanzando. Habían encontrado al menos un microbio que se come el colesterol antes de que se acumule en la sangre y lo transforma en coprostanol, que se puede eliminar con las heces. En la tribu hadza de Tanzania, donde hay estos microbios, las enfermedades cardíacas son poco frecuentes. Pero desentrañar esa correlación llevará más trabajo. “Primero queremos saber qué otras bacterias hacen esto y en qué circunstancias”, me dijo Ana Paula Schaan, investigadora posdoctoral del grupo de Poyet. “Después, queremos averiguar qué personas son portadoras de estas bacterias y qué determina su presencia en el intestino. Y luego, una vez que sepamos cómo funciona todo esto, quizá, algún día, podamos aprovecharlo para desarrollar un tratamiento”.
Mientras tanto, otros científicos han estado recurriendo al biobanco de la reserva para plantear sus propias preguntas. Ran Blekhman, biólogo computacional de la Universidad de Chicago, está comparando el efecto que tienen diferentes microbiomas en las células intestinales humanas. Según él, los microbiomas urbanos interactúan de forma diferente con esas células que los rurales. Todavía está intentando averiguar por qué y cómo. Jason Zhang, microbiólogo del Hospital Infantil de Boston, ha descubierto que a los niños con alto riesgo de obesidad les falta una bacteria intestinal que, según los científicos, influye en la producción de GLP-1, una hormona intestinal y neuropéptido de origen natural. Y Rachel Carmody, profesora e investigadora del Departamento de Biología Evolutiva Humana de Harvard, ha usado muestras de la organización para estudiar el impacto que tienen los distintos microbiomas en el metabolismo.
Sin embargo, hasta ahora, las terapias basadas en el microbioma siguen dando resultados dispares. Está claro que, al menos en algunos casos, los microbiomas sí se pueden modificar con éxito: los trasplantes fecales son ya un tratamiento habitual para la infección recurrente por Clostridium difficile, que puede ser mortal, y la mayoría de los médicos coinciden en que las pastillas probióticas pueden ayudar a prevenir las infecciones intestinales que a veces provoca el uso de antibióticos. Pero varios estudios muestran que la “siembra vaginal” —la práctica de untar a los recién nacidos por cesárea con microbios del canal del parto de sus madres— no altera de forma significativa el microbioma del bebé, ni lo protege contra los trastornos autoinmunes. Y casi 20 años después de que los científicos trazaran por primera vez la conexión entre el peso de una persona y sus microbios intestinales, la mayoría admite que la relación entre las bacterias y el peso corporal es demasiado complicada como para que exista una panacea para adelgazar.
Del mismo modo, Blekhman, Carmody y otros afirman que, sobre todo en Estados Unidos, la industria del bienestar, en constante expansión, está simplificando en exceso y exagerando las propiedades del propio microbioma. “Uno ve a todas estas empresas e influentes de las redes sociales promocionando pruebas de microbioma, suplementos y dietas especializadas”, dice Blekhman. Pero muchos de esos productos no han demostrado ser eficaces y algunas de las dietas son francamente peligrosas (hay personas que se han enfermado gravemente e incluso han muerto por consumir leche cruda o verduras fermentadas de manera inadecuada, por ejemplo). Lo único que los científicos pueden afirmar con seguridad, dijo Blekhman en tono de broma, “es que la fibra probablemente te hace bien”.
En su esfuerzo continuo por comprender mejor el tema, Groussin y Poyet han ampliado su muestreo para incluir no solo a participantes sanos, sino también a personas que padecen enfermedades como la enfermedad inflamatoria intestinal o el cáncer colorrectal. Su esperanza es que, al comparar microbiomas enfermos —entre sí y con los sanos—, puedan desentrañar las diferencias más cruciales entre la salud y diversos estados patológicos: ¿varía la progresión hacia la enfermedad según la zona geográfica, o es universal para una dolencia concreta? ¿Hay ciertas bacterias o combinaciones de bacterias que protegen contra determinadas afecciones de salud o, por el contrario, las desencadenan? Y si es así, ¿en qué circunstancias? “Teniendo en cuenta lo mucho que pueden variar los microbiomas sanos según la zona geográfica”, me dijo Poyet, “parece imprescindible caracterizar los que no lo están”.
Poyet también está usando un biorreactor, una especie de intestino artificial, para estudiar mejor el impacto que tienen los antibióticos, los cambios en la dieta y otros factores externos en los microbiomas que ella y Groussin han recogido. La clave de este trabajo es, como siempre, recoger tantos microbiomas de tantos sitios diferentes como sea posible. “Seguimos encontrando microbios nuevos allá donde vamos”, dijo. “Según los datos que tenemos ahora mismo, ni de lejos estamos cerca del punto de saturación”.
A finales de 2024, mientras Groussin recorría Paraguay, Poyet estaba de hecho planificando la próxima expedición del grupo, al este de Borneo. Ella y Groussin esperaban recopilar muestras de microbiomas de una tribu de nómadas marineros conocidos como los bajau, que llevan muchos siglos viviendo en pequeñas casas flotantes en las remotas aguas del archipiélago malayo. Los bajau son famosos por sus enormes bazos, que les permiten contener la respiración hasta 13 minutos y bucear a pulmón y pescar con arpón a profundidades de más de 60 metros. Los científicos llevan mucho tiempo atribuyendo estas características a la genética. Pero, teniendo en cuenta todo lo que han aprendido sobre su variabilidad aparentemente infinita, Poyet, Groussin y otros cazadores de microbios pensaron que el microbioma también podría desempeñar un papel. Harían este viaje en 2025, recopilarían muestras de la tribu y así comenzarían el largo proceso de intentar averiguar si su corazonada era correcta.
Por desconcertantes que resulten ser los microbiomas, ha emergido una regularidad de las numerosas expediciones de la organización conservacionista. Basándose en lo que ellos y otros han observado, Poyet y Groussin saben que, a medida que se desplazan de comunidades rurales o no industrializadas a otras urbanas o industrializadas, los microbiomas que recogen cambian. También tienen algunas ideas de por qué. El agua más limpia significa menos patógenos y menos enfermedades gastrointestinales, y una mayor cantidad de alimentos procesados conduce a más enfermedades crónicas como la obesidad y la diabetes. Aunque el aporte calórico tiende a aumentar a lo largo de este continuo, la ingesta de fibra suele disminuir y, al hacerlo, los microbiomas tienden a empobrecerse y a volverse más vulnerables.
Intenté imaginarme este deterioro microbiano mientras salíamos de la reserva de Cerro Itá Guazú y nos dirigíamos hacia los pueblos cercanos a Asunción. Me imaginé billones de bacterias intestinales que se comunicaban frenéticamente entre sí mientras sus comunidades se veían privadas de fibra, o diversas especies microbianas luchando por el dominio en medio de una repentina avalancha de azúcar añadido. Pensé en cómo ese tumulto podría provocar una inflamación descontrolada, o algo peor. Sabía que, casi con toda seguridad, también había otras fuerzas en juego. Groussin se había tomado la molestia de explicar cómo los microbiomas se estaban adaptando en tiempo real a las realidades ambientales y culturales que él y sus colegas se apresuraban a registrar. Pero era difícil no pensar en esa lucha interna que había descrito como una metáfora de algo más grande. Si nuestros microbiomas intestinales estaban en declive, nuestras comunidades humanas no parecían estar mucho mejor.
La pobreza no era menos prevalente en los pueblos que visitamos que en la reserva. El hambre no parecía ser un problema —muchos hogares tenían una o dos vacas y unas cuantas gallinas, y al menos una comunidad había aunado sus recursos para comprar arroz y otros alimentos básicos al por mayor—, pero llevar una buena alimentación era todo un reto. El gobierno nacional había suspendido recientemente un programa que proporcionaba desayuno y almuerzo, además de tentempiés nutritivos entre horas, a todos los niños en edad escolar, y algunas comunidades temían que eso derivara en desnutrición. La atención médica y los servicios municipales eran, en su mayor parte, tan precarios como la nutrición. Un hospital que visitamos estaba repleto de enfermeras, pero los vecinos dijeron que solía faltar hasta la medicación más básica. El agua del grifo solo salía unas pocas horas al día y normalmente con muy poca presión. Como consecuencia, la higiene era deficiente, y los parásitos y los problemas gastrointestinales eran alarmantemente comunes.
Sandoval Espínola esperaba que los datos básicos sobre el microbioma fueran suficientes para impulsar a los legisladores a abordar algunos de estos problemas de salud pública a gran escala. Entre otras cosas, él y sus colegas ya habían descubierto que la bacteria Collinsella —asociada a enfermedades crónicas en Estados Unidos y Europa Occidental— era sorprendentemente abundante en los microbiomas intestinales de Asunción. “Habrá que seguir investigando para ver si esa correlación es la misma aquí”, dijo. “Pero si podemos decirles a los responsables del gobierno que ciertas comunidades marginadas presentan altos marcadores bacterianos de enfermedades cardiovasculares o diabetes, quizá podamos convencerlos por fin de que esas comunidades necesitan alimentos más nutritivos, no solo dietas hipercalóricas”. La diabetes y las enfermedades cardíacas son afecciones costosas de tratar. Ante una epidemia de cualquiera de ellas, incluso los líderes más obstinados optarían por la prevención en lugar de seguir ignorando el problema, o al menos eso esperaba él.
Mientras tanto, él y sus socios clínicos habían creado un servicio en el que, por 250 dólares, los pacientes de Asunción podían secuenciar su microbioma intestinal y recibir una puntuación codificada por colores (rojo es malo, amarillo es normal, verde es bueno) y un informe sobre cómo mejorarlo. “No existe tal cosa como un microbioma intestinal ‘normal’”, me dijo, reconociendo lo que se había convertido en un tema recurrente durante el viaje. “Pero si sabes que ciertos rasgos suelen estar relacionados con una mala alimentación, la diabetes o las enfermedades cardiovasculares, quizá puedas intervenir antes”.
Como prueba de que el programa funcionaba, me contó la historia de una mujer que decidió secuenciar su microbioma después de que varios médicos no lograran identificar la causa de su diarrea persistente. “Resultó que tenía un exceso de Fusobacterium, que se ha relacionado con infecciones bucales, al menos en algunas poblaciones”, dijo. “Una visita al dentista y su condición mejoró casi de inmediato”. El servicio seguía siendo una especie de lujo. Las muestras tenían que procesarse y analizarse en Estados Unidos, y la mayoría de los habitantes de Asunción no podían permitirse ese costo. Pero el interés estaba creciendo a pasos agigantados y uno de los muchos objetivos de Sandoval Espínola era reducir el costo para que más paraguayos pudieran probarlo.
Por su parte, Groussin sabía que la mayor parte de lo que veíamos en las comunidades —malas políticas alimentarias, servicios municipales deficientes— acabaría reflejándose en el intestino de los participantes en su estudio, y ansiaba disponer de datos de encuestas más detallados para ayudar a comprender todo aquello. “Estaría bien tener, por ejemplo, un historial de 20 años de todos los cambios en tu comunidad”, dijo. “¿Cuándo llegaron las tuberías interiores? ¿Cómo cambiaron los misioneros, los teléfonos móviles y las motocicletas la forma en que vives?”.
Él y Poyet habían empezado a hablar de cómo podrían recopilar ese tipo de información. Hablaron de volver a los lugares en los que ya habían estado y recoger nuevas muestras de las mismas comunidades para poder ver cómo cambiaban sus microbiomas con el tiempo. Lo que realmente necesitaban, al parecer, no era solo un conservatorio sino un observatorio global del microbioma plenamente desarrollado que monitoreara estos ecosistemas internos a lo largo del tiempo.
No tenían ninguna duda de que, al final, el microbioma cambiaría la forma en que entendíamos nuestros cuerpos y abordamos nuestra salud. Groussin sospechaba que, a medida que la comprensión del público se pusiera al día con el conocimiento científico, el propio microbioma dejaría de parecerse a un dios primitivo al que la gente culpaba o ante el que se inclinaba, para convertirse más bien en un barómetro interno profundamente sintonizado y muy personalizado que haríamos todo lo posible por monitorear y mantener. Pero ese cambio sería gradual y no alteraría el verdadero objetivo de Groussin y Poyet. No solo querían recolectar microbios o buscar posibles medicamentos milagrosos. Querían entender la interfaz entre humanos y microbios en toda su extrañeza y belleza.
