Chihuahua bárbaro, fuerte y resistente



En días recientes, volví a la lectura de un título obligado para cualquier chihuahuense: Crónica de un país bárbaro, el libro que el periodista Fernando Jordán escribió hace casi setenta años después de recorrer este Estado entero. En su viaje, encontró la complejidad del Estado más grande del país, con una de las historias más complejas de todo el territorio mexicano. Era, como él mismo lo dice, «un país dentro de su propio país.»

Me parece brillante el título. No usa la palabra bárbaro a modo despectivo o peyorativo, la usa para expresar —como él mismo lo dice— a quienes viven con “fuerza y voluntad… con un supremo e invencible anhelo por la libertad.” Autodenominarse bárbaro, aquí implica honrar el propio carácter orientado al anhelo por la libertad.
Chihuahua siempre ha luchado por la libertad y por su soberanía. Pero no por una soberanía que se entiende desde la abstracción o que se usa en el discurso. Sino por la libertad de cada individuo: la libertad para ser, para crear, para crecer. La libertad para soñar y para construir, para trabajar y para vivir con paz y prosperidad.
Y por esa libertad, los chihuahuenses de todas las generaciones han dado la lucha.
Una lucha contra un medio que de por sí es adverso. Jordán lo dice con precisión: «La geografía no es aliada del hombre en sitio alguno, y si en ocasiones se muestra generosa, es acaso para corresponder a la tenacidad humana.» Y en Chihuahua esa tenacidad tiene que ser doble o triple. Aquí la resiliencia no es virtud opcional, es condición de existencia. Es lo que le da sentido y contenido al carácter chihuahuense, ese que Jordán describe al abrir el capítulo «El Estado Fuerte»:
“Doscientos cincuenta mil kilómetros cuadrados de desierto, de llanura, de montañas; doscientos millones y medio de hectáreas de historia, de luchas, de trabajo fecundo, de miseria irremediable, de injusticias, de esperanzas y de fuerza… sobre todo de fuerza, que no motiva la soberbia o el orgullo del carácter chihuahuense.”
Sin embargo, Jordán también advierte que las mayores luchas de los chihuahuenses no han sido contra la naturaleza, sino contra algo mucho más frustrante: la debilidad humana para administrar asuntos humanos. No es una simple coincidencia que Manuel Gómez Morín, chihuahuense universal, llegará a la misma conclusión desde 1926, cuando llamaba a vencer «No el dolor que viene de Dios, no el dolor que viene de una fuente inevitable, sino el dolor que originan nuestra voluntad o nuestra ineficacia para hacer una nueva y mejor organización de las cosas humanas.» Dos chihuahuenses, la misma tierra, la misma verdad. Y Jordán lo dice con mayor puntualidad:
“Y lo peor es que los políticos nacidos en su propio seno y sobre la misma tierra, una vez separados del medio, se arrancan totalmente al drama y a la sensibilidad coterráneos.
¡Lástima!, porque en la resistencia a los problemas torpemente creados es donde está la veta más hermosa del alma chihuahuense. Son la segunda cátedra en la escuela de la formación. La resistencia y la respuesta del hombre a esos problemas artificiales, son la mejor demostración de su temple, y la base para la más segura descripción de su carácter.”
Y ante ello, Chihuahua ha dado una y otra vez la lección. Los chihuahuenses reconocen la omisión y la perversión, y luchan contra ella siempre que es necesario. Lo hicieron los antepasados de varias generaciones en varias luchas. Incluso en la victoria más reciente que fue la de 1986, donde Chihuahua le demostró al país entero que era posible una resistencia efectiva contra un régimen que parecía indestructible.
Desde el centro fueron muchos quienes ingenuamente creyeron que podrían doblegarnos. Y la voz profética de Jordán vaticinó el desenlace: Chihuahua fue el detonador de la transición democrática. Y aquí seguimos, en esa misma lucha.
Jordán cierra su libro con una pregunta que, casi setenta años después, sigue abierta:
“Hoy es uno de los Estados más maduros de la República ¿y qué es lo que será entonces dentro de medio siglo? Es difícil suponerlo. ¿Será el más fuerte baluarte de la República? ¿Llegará a convertirse en el modelo y pauta para el resto de México? ¿Encabezará para entonces la marcha económica de México? ¿Mantendrá la hegemonía sobre el resto del país, al menos por su estructura y su firmeza?
Quizás pueda ser todo, simultáneamente. Podría serlo, porque en esta tierra nada se deja al azar; se va creando por la voluntad humana. Es este su mayor mérito. Habrá que reconocerlo siempre. Chihuahua, que fuera el país de las luchas sangrientas, de la larga conquista, de las rebeliones violentas; el país bárbaro, en suma; es hoy una tierra de hombres. El verdadero país de los hombres…
¿Qué mejor esperanza puede alimentar entonces su destino?”
Yo añadiría: el verdadero país de los hombres y las mujeres libres.
Me enorgullece profundamente ser chihuahuense. Me enorgullece cada metro cuadrado de esta tierra maravillosa, desde Ciudad Juárez hasta Jiménez, desde Ojinaga hasta Madera, desde las dunas de Samalayuca hasta las barrancas de la Sierra Tarahumara, desde los campos de Cuauhtémoc hasta las minas de Parral, desde el desierto de Chihuahua hasta las aguas del río Bravo.
Me enorgullece ser parte de la historia de esta tierra que siempre ha dado rumbo a la evolución del país; que a pesar de haber sido víctima de los peores males, siempre ha encontrado la manera de hacer lo correcto, de resistir, y de construir un hogar digno a partir de las condiciones más precarias.
Chihuahua, mi tierra, mi hogar. Un país dentro del país. Un país de bárbaros.
Hoy y siempre, cuenta conmigo.



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